Yo era un chico

Una conversación sobre masculinidad, ternura y las formas en que aprendemos a habitar nuestros cuerpos

Hay libros que se leen y otros que te leen a ti.

Hace unos días asistí a un club de lectura con Fer Rivas para conversar sobre Yo era un chico, un libro que sentí menos como una novela y más como una carta abierta a todas esas cosas que heredamos antes de tener la capacidad de cuestionarlas. Durante la conversación surgieron preguntas que siguieron rondándome la cabeza mucho después de que terminara la sesión.

¿Y si parte de la violencia nace del amor?

Lo que más me conmovió de la charla fue que Fer no escribe desde la rabia. Podría hacerlo. Hay suficientes razones para hacerlo. Pero el libro parece partir de otro lugar: la observación. Una mirada que intenta comprender antes que condenar.

Yo era un chico se siente como un ejercicio catártico, una carta dirigida a la masculinidad, a esa herencia que para muchxs ha significado miedo, incomodidad o una constante sensación de no encajar. No para destruirla por completo, sino para preguntarle de dónde viene y qué ha hecho con nosotros.

Hubo una idea que se quedó conmigo: la masculinidad parece incompatible con ciertas formas de ternura.

Ser un padre sensible. Ser un padre que llora. Ser un padre que abraza. Ser un padre vulnerable.

Muchas veces esas posibilidades quedan fuera del guion.

La figura paterna suele ser educada para proveer antes que para sentir, para resistir antes que para escuchar. Como si la dureza fuera una obligación y la suavidad una falla de carácter. Y entonces pienso en cuántos hombres crecieron sin permiso para expresar afecto y en cuántos hijos crecieron sin recibirlo de la forma en que lo necesitaban.

Quizá una de las preguntas más interesantes que apareció durante la conversación fue esta: 

¿la vejez vulnera la masculinidad?

El envejecimiento transforma el cuerpo. Lo vuelve más lento, más frágil, más dependiente. Justo todo aquello que la masculinidad tradicional intenta negar. Si durante años se nos enseña que ser un hombre es ser fuerte, autónomo e invulnerable, ¿qué sucede cuando el cuerpo deja de responder a esas expectativas?

Tal vez por eso la vejez resulta tan incómoda para ciertos modelos de masculinidad porque recuerda algo que siempre estuvo ahí. Que todos somos vulnerables.

Salí de esa conversación pensando menos en los hombres y más en las personas. En cómo aprendemos a habitar las identidades que nos fueron asignadas. En las cosas que repetimos sin entenderlas. En las que logramos desaprender. En las que todavía nos duelen.

Quizá crecer consiste precisamente en eso: observar nuestras herencias con honestidad. Reconocer aquello que nos formó sin romantizarlo. Y, cuando sea necesario, atrevernos a imaginar otras maneras de existir.

Porque a veces la pregunta no es quiénes somos.

La pregunta es que parte de nosotros sigue siendo esa persona que alguna vez fue un chico. Y cuánto estamos dispuestos a transformar.